por error. Siempre supo que la literatura era una secta pero no sospechó que hasta ese nivel. No quería saber nada al respecto, no le importaba que fueran Masones, Cienciologos, Gnosticos… y decide levantarse y marcharse, pero su compañero de asiento se lo recrimina ‘es de muy mala educación irse mientras otros están hablando’, así que se vuelve a sentarse tratando de calmarse, al fin y al cabo en la Última Cena el único muerto es el celebrante, y además en el quinto o sexto acto… y Judas. ‘¡A lo mejor no he sido invitado por error, a lo mejor estoy aquí para hacer de cabeza de turco, por eso no he sido informado!’, pero no podía ser, el descubrimiento de Judas ya se había hecho, ahora lo recordaba, por eso se había marchado tan mal humorado el subdirector de la Academia

Terminada la representación Ryan decide que ya no hay demasiado peligro y antes de irse trata de sonsacar información, pero nadie parece ser consciente de lo que ha pasado o más bien no quieren revelarle nada, lo cual le parece normal. Lo que no entiende es porque extraño error ha sido convidado: si no ha sido para después invitarle a formar parte de la secta… a no ser que todo fuera una prueba que no ha pasado, lo cual le entristece más de lo que le alegra

Ryan coincide con algunos de los comensales en varias ocasiones, siente que un extraño sentimiento de complicidad les une a ellos, pero decide no hacer ningún comentario al respecto, aunque siempre descubre algo extraño en algún gesto, en algún comentario, pero cree más bien que se trata de su inconsciente demasiado maquinador o cree que aun está siendo juzgado y analizado. Es a la cuarta vez que coincide con Darrel cuando descubre una nueva ‘coincidencia’, una nueva ‘interpretación’. En esta ocasión todo sucede como en un cuento de Chéjov y en esta farsa vuelve Ryan a tener un papel secundario que le permite observar todo con una perfecta claridad. Así que decide investigar las otras dos ocasiones en que coincidió con él, partiendo de los recuerdos que tiene, preguntando a terceras personas. Además decide provocar un quinto encuentro, pero sin que nadie pueda saberlo, sin que nadie pudiera preparar nada.

Se acerca a casa de Darrel, espera durante horas, cambia de bar, comprueba que nadie le puede estar vigilando ni nadie pueda poner a Darrel en alerta, al final, al segundo día, consigue abordarle en mitad de la calle como si fuera por casualidad y le acompaña a comprar pan. El encuentro no dura más de cinco minutos. Vuelve a casa y apunta los detalles. Tarda casi un año en hallar la coincidencia, la haya en uno de los diarios de Gombrowicz.

Ryan  descubre que nada de lo que le sucede a Darrel parece real, o simplemente real, sino que todo puede entenderse como una representación de alguna otra cosa. Una cena con él se transforma en la Última Cena, una visita a la opera se metamorfosea en una escena de Stendhal, hasta un forzado paseo por el parque termina por convertirse en un escena de paseo con JRJ, algo que Ryan no descubre hasta más de tres años después

Lo tiene claro, se trata de una extrañísima secta, de la cual Darrel es el máximo exponente o al menos en el que más claramente puede él verlo

Sentado en una de las terrazas del bulevar de Luís Cernuda le comenta lo de la secta al mejor de sus amigos, pidiéndole la máxima de las discreciones.

-Tienes razón, no puede ser que las cosas se repitan así, sin más– Le dice el amigo.

Justo dieciséis meses antes, en la misma plaza del bulevar Luís Cernuda, en las mismas sillas, tras salir de sus aburridos trabajos mal remunerados,  dos oficinistas, J. y G., hablan sobre sus cosas

-Ya me han dicho que el nuevo jefe de departamento también quiere volvernos a quitar uno de los días de asuntos propios. Tenemos que hacer algo

-Tienes razón, no puede ser que las cosas se repitan así, sin más

 

 

 

 

           Las inmensas galerías cubiertas de cristal y revestidas de mármol que atraviesan edificios enteros. Rascacielos con tiendas cuyo glamour se mide por la altura en la que se ubican, a mayor altura, a gente más rica va destinada. Centros comerciales con tiendas cuya importancia se mide inversamente a la alturas, a menor altura, más accesible, más importante, más caro. Luces entrando por el techo a través de enormes cristales, como en catedrales góticas. Ehnok crece como un niño malcriado.

           Cada mes su fiesta comercial de guardar, menos en épocas de lluvia, la lluvia llena tiendas y corredores sin mercadotecnia necesaria

           Y bajo el centro comercial, muy por debajo incluso de su planta -5 (aparcamiento para empleados) Henry Bierce Armstrong, enterrado.

           Estar enterrado no es motivo suficiente para suponerse muerto y Henry siempre había sido muy cabezón. Sin embargo estar bajo toneladas de cemento sí es motivo como para creer que uno morirá pronto, pero H.B.Armstrong no lo sabía, así que golpeaba el ataúd con las pocas fuerzas que le quedaban.

           Unos metros por encima, sentados en un banco del centro comercial, entre dos pasillos que no llevan a ninguna parte, P. le habla a M.

                  -Mira esa tienda, a los maniquíes les han quitado las caras. ¡La progresiva  desustancialización del hombre individual!

           M calla y mira una pareja empujando un carrito con su respectivo churumbel, a la vez que cargan decenas de bolsas de plástico llenas a su vez de plásticos que envuelven algún alimento, alguna ropa, algún objeto que alguien pensó que debería ser diseñado (y construido, y vendido, y envuelto en más plásticos)

           La gente mayor no molesta cuando discutes, no son testigos cuya opinión se deba tener en cuenta, pero ahí están por si acaso y a Rubén siempre le gusta tener razón con algún refrendario por medio

           -… te lo he dicho miles de veces, miles de veces -dice Rubén

           -Bueno hombre no te pongas así –dice Gemma

           En el fondo ambos saben que lo mejor será la reconciliación de después. En el fondo Rubén está cabreado por todo lo que siente que debe a Gemma. En el fondo a Gemma le remuerde la conciencia porque no sabe si aun quiere a Rubén. En el fondo cuando una mujer no sabe si quiere o no… ¿es que teme la soledad?

           P sigue hablando y M continúa en silencio, hasta que se decide a interrumpir

           -Un nuevo centro comercial no es una metáfora de un futuro distorsionado porque las cuatro cosas, el futuro, el centro, lo nuevo, lo distorsionado son la misma cosa. Un centro comercial dentro de un rascacielos es un rascacielos con tiendas. En estas ecuaciones de vate la identidad vale cero –Dice M. tratando de ser un poco más matemático y no pisándole el campo de amapolas de las metáforas poéticas y los circunloquios narrativos a su tan querido amigo, a sus tantos años compañero.

           M no teme la soledad, M teme la vida. Siente que P le absorbe la tranquilidad que tanto ansía. Se siente ahogado

           Y mientras, Henry Bierce Armstrong se siente ahogado, literalmente hablando. Va perdiendo el aire poco a poco y va mentalizándose en que esto se acaba.

           Empieza a recordar su vida, pero más despacio de lo esperado

           Casi no se acuerdo de la sucesión de hechos que le han llevado a esta muerte tan tortuosa y psicológicamente dolorosa. No recuerda la cara de los matones… pero sí la nariz de uno de ellos.

 

 

 

 

           Llegamos a saber que la escasa consistencia del mundo recae sobre unos pocos hombros.

           Una vez conocí a un tipo que simplemente se dedicaba a observar a los demás, lo hacia porque decía que sin dioses y con tanto desamor, tristezas y pobrezas en el mundo la mayoría de los actos cotidianos de la humanidad se quedarían en el limbo. Y estos actos son los que fundamentaban cada Ehnok desperdigada por el mundo (y los enamorados mutuos ya tienen a su amado como observador y los ricos las estratagemas que su dinero puede comprar para encontrar espectadores de sus vidas, pero ¿y la gente pobre que vive en el anonimato del desamor?)

           También he conocido a una persona que coleccionaba coincidencias, pero vivía en otra ciudad, una ciudad mucho más atlántica, así que no cuento su historia porque ‘de lo que no se puede hablar, mejor es callarse’ y porque yo sólo narro Ehnok

           He oído hablar de otro que inventariaba malas suertes ajenas. ¿Te puedes imaginar qué ha podido ocurrir en la vida de esa persona para que se decida por la mala suerte?

           Hay un tipo que vivió la metáfora de una fábula y ahora quiere ser torero porque no quiere sentir que su vida es contada por otros. No quiere estar siempre obligado a la buena educación de decir ‘sí’  a quien le cuenta y tergiversa su vida

           Hay una mujer que vive atormentada desde que la vida le sacó de la inmóvil fotografía que un amor le había construido en forma de cuento, de recuerdo. Una mujer que prefirió ser pragmática y añora el amor al que renunció pensando que un cuento era más que suficiente cuando, por el otro lado, se podía tener una familia ‘respetable’

           Conozco a un tipo que solo dice tonterías porque, como él dice, qué mundo insoportable sería este si solo dijéramos lo que merece la pena ser dicho

           Hay una mujer que subraya. Sí, como  suena, subraya

           Dicho de otro modo, que la felicidad y la utopía es justo y exactamente donde estamos ahora, pero en mejor, mucho mejor, tal y como pone en la placa del 66 de la Calle Fernándes.

           Llegado el momento de la memoria el licor de lo que somos se destila de los recuerdos de este tipo de realidad indolente. Recuerdos que limpian nuestros oídos y nuestras miradas. Ambiente sosegado, dominical a tiempo completo.

 

 

 

 

           Más allá de las fronteras entre ficción y realidad, juego un poco inútil a estas alturas, siempre hay una peculiar clase de contables preocupados sólo por las fronteras entre lugares, quizá como excusa para simplificar lo complicado que resultan las mismas fronteras entre personas (y nuestra obsesión por terminar entrando dentro de otras o de ser ocupados por otros, y nuestras obsesiones porque algunos otros no puedan contaminarnos ni con sus palabras, ni siquiera con un recuerdo). Agrimensores preocupados por ir cicatrizando el suelo del mundo entero, y del que Ehnok no es una excepción. Con sus metros y sus cartabones salen a la calle, subvencionados por los administradores de la ciudad (administradores que de pequeños soñaban con poder administrar la realidad para poder llegar a ser ellos más reales, más importantes, más otros) y deciden qué esquina es de cada barrio, distrito, circunscripción, qué esquina pertenece a cada número de calle y cuántas farolas han de ser plantadas y regadas por calle.

           Jesús Evaristo vivía en el siglo XVIII. En su juventud aprendió un mundo, con un tamaño y unos nombres, de un libro de geografía e historia que circulaba por su casa y que había pasado de abuelos a tíos y de padres a nietos. Ahora el mundo había crecido, le habían salido países donde había colonias y le habían salido ciudades y capitales donde siempre hubo pueblos. Muchos lugares habían sido rebautizados, a fin de cuentas cada dueño hace con su gato lo que quiere.

           Jesús Evaristo le decía a algún turista perdido ‘tuerza la segunda por la Calle Mayor y una vez en la calle Desengaño como la tercera o la cuarta, esa es la calle Desterrados’. Y el turista se pasaba horas buscando en su mapa una Calle Mayor que ahora se llamaba Principal y que había sido llamada De la Victoria y antes Avenida del Fracaso y hasta durante el pequeño periodo de tres meses que duró la Revolución de los Panaderos, la Calle del Empate.

           Jesús Evaristo vivía ahora retirado, se sentaba en sus parques con las palomas, veía las obras, iba a misa de once todos los días… pero en su época había sido un eminente científico y era mundialmente conocido por haber inventado la Extraña Maniobra Curtis.

           Es difícil explicar en que consiste la Extraña Maniobra Curtis. Jesús Evaristo siempre dijo que se podía explicar basándolo en dos ideas generales fáciles de comprender, en el Síndrome de Estocolmo y en la Navaja de Occam. Jesús Evaristo partió de la idea de que cualquier cosa propensa a mantenerse viva producía Síndrome de Estocolmo (de igual forma que cada cosa, posee por naturaleza una gravedad, solo alterada con la gravedad de otro objeto). Así cualquier relación insana, cualquier vida miserable, cualquier lugar cochambroso producen Síndrome de Estocolmo; y entre mayor es la ‘negatividad’, mayor es la fuerza de atracción, pues la vida lucha, por naturaleza, con más fuerza entre mayor es su peligro de extinción. El otro pilar en el que se apoya la Extraña Maniobra Curtis es la simple idea de que la teoría de la Navaja de Occan es una gilipollez. Lo curioso es que suponer que no tiene sentido alguno, más allá de la necesidad o no de conservar miedos y leyes inútiles, es la forma más sencilla de explicarlo, lo cual quiere decir que tiene razón, según la misma hipótesis de Occam (pero algo que sólo sirve para explicarse a sí mismo no deja de ser tan inocente como un niño pequeño que simplemente se tapa los ojos y cree que así se está escondiendo)

           Yo no creo que fuese capaz de explicar en que consiste específicamente la Extraña Maniobra Curtis, demasiadas formulas matemáticas y demasiada física y demasiadas tecnologías. Lo cierto es que gracias a ella se han conseguido inventar precisamente unos cuchillos de cocina que no cortan dedos ni hieren manos por error, sin dejar por ello de funcionar para lo que debe, o se han inventado espejos que si se rompen no hieren a quien recoge sus pedazos,  y ese tipo de cosas

           Borges se queja de que en las novelas llamadas psicológicas, la libertad se convierte en absoluta arbitrariedad: asesinos que matan por piedad, enamorados que se separan por amor; y arguye que sólo en las novelas llamadas de aventuras existe el rigor.

           Jesús Evaristo fue asesinado.

           Borges además avisa que sólo en ciertas novelas de aventuras —preferentemente en las policiales, inauguradas por Poe— existe ese rigor que se puede lograr mediante un sistema de convenciones simples, como en una geometría o en una dinámica; pero ese rigor implica la supresión de los caracteres verdaderamente humanos

           Jesús Evaristo fue asesinado. Es casi obvio el cómo y los porqués, el dónde y puede que hasta el quién. Una pista: un dónde, la Calle del Empate, esquina con Desengaño

           El asunto, como explica Sábato, es que ‘si en la realidad humana hay una Trama o Ley, debe ser infinitamente compleja para que pueda ser aparente’. La Navaja de Occam ni pincha ni corta y Jesús Evaristo fue asesinado. Las pistas están sobre el tablero

 

 

 

 

           No hay historia de amor sin lágrimas, pero a veces una pizca de dislexia se instala en alguna vida y esta mala vida termina por renacer en una bonita flor. Parece un milagro, un pequeño milagro anónimo que devuelve la esperanza en que Ehnok no termine devorada por eternas tristezas.

           No se atreve a decírselo a U., teme resultar demasiado pesada, de poner sobre las espaldas de U. demasiados pesos. Sabe que no lo soportaría porque la vida de él también ha sido muy dura, así que lleva un diario en que apunta sus sentimientos. Hoy se ha encontrado cantando mientras fregaba unas sabanas a mano, se ha emocionado, hace tiempo que no cantaba, se ha secado las manos y ha ido corriendo al cuaderno ‘Has hecho que en mi vida vuelva a haber esperanza. Después de la muerte de mi hijo me dije, a la mierda todo, a la mierda Dios y toda su pamplina de vida…’.

           F en su juventud era la Dulce F. Pronto pasó a ser la engañada F. y luego la triste F. Dicen que vivió en una ciudad con playa, y fue en ella donde todos sus males la alcanzaron. Huyó de ella, de ella misma y de esa ciudad, se escondió en un desierto y se dejó enterrar entre los platos sucios de un bar de carretera. Pasaron los años y cansada de morirse tan despacio decidió acelerar el proceso y se vino a Ehnok

           U. pensaba que el amor, una vez bien pasada la madurez, era imposible. No tenía intención ni esperanza de recibir abrazos ahora que su cuerpo solo estaba ahí para mal llevar su dolorida alma. Conoció a F. de la misma forma que se conocerían dos personajes de una novela triste, escuchando una canción de Sabina (a veces los tópicos no llegan a ensombrecer las melancolías de la vida). Ella le dijo ‘las cosas pasan como tiene que pasar’ él le respondió ‘eso es un fatalismo que no dice nada, si mañana te enamorases tendrías que pelear lo mismo por tu amor, tuviera que pasar o no’.

           U. ha empezado a leer poesía., hoy ha encontrado un poemario de R. Juarroz ‘...tú seguirás allí desnuda como tú / yo seguiré aquí desnudo como yo…’. Se imagina constantemente hablando con F, aunque ella no esté. Se levanta y la saluda, le cuenta como es su día a día, se la imagina al lado suyo escuchándole; le comenta los titulares de la prensa, lo que opina de tal o cual compañero de trabajo; después cuando la ve sólo le cuenta lo más interesante, un resumen escueto, no quiere resultar demasiado pesado, no quiere que F. salga corriendo.

           Él había sido siempre el eterno anónimo, se había construido una forma de comprender el mundo que le alejaba lo suficiente como para mantenerlo vivo, pero ahora, lejos de lo que pensaba,  no le costaba nada volver a él. Esta mañana mientras se duchaba ha pensado que esta bien que haya alguien en tu vida que te haga sentir menos estúpido

           Hoy han quedado para ir a bailar. Pasaran una gran velada, con cena romántica, miradas cómplices.  Luego al despedirse se besarán como dos  adolescentes idiotas, no sabrán si irse a casa de él o de ella. A lo mejor van a casa de ella y se quedarán dormidos en el sofá, abrazados mientras ven una vieja película en blanco y negro. A lo mejor van a casa de él, a hacer lo mismo, solo que F se levantará  a primerísima hora de la mañana y se pondrá a recoger la casa.

           Una vulgar historia de amor, como otra cualquiera, más necesaria entre más vulgar pueda parecer.

           Es mentira que cada fin tenga un principio. Casi siempre llegan finales de principios inexistentes o llegan finales que correspondían a otros principios. Nos engañamos al creer que somos responsables de nuestra vida (‘engañémonos besándonos como adolescentes, después de haber bailado’ escribe F en su diario secreto a primera hora de la mañana; ‘engañémonos’ le susurra U. a F. en el oído por la tarde, sin saber nada de diarios ni secretos, pensando que duerme)

 

 

 

 

           (Ñaque empieza por ñ)

           La disonancia cognoscitiva acabará con Ehnok. Y sin Ehnok, el mundo solo resulta un montón de imágenes rotas, en un desierto sobre el que sucumbe el sol

 

 

 

 

           ¡Otra vez que llega tarde! Tres veces en las dos últimas semanas y hoy le toca abrir a ella. Ya hay alguien esperando en la puerta, es época de exámenes y siempre hay algún chaval que prefiere la biblioteca, aunque solo sea por la seguridad que dan miles de tomos, la seguridad de que creamos lo que creamos alguien lo habrá escrito (y lo escrito deja de ser profano para subir al olimpo de lo sagrado).

           Tras algún comentario a los que esperaban y su habitual preparación comienza su trabajo. Coge ‘Cuna de gato’ y tras comprobar su signatura decide hojearlo. Encuentra en su interior un recordatorio funerario, se sonríe, una importante presa, curioso, lo coge y lo guarda en una caja en las que desde hace tres años colecciona todo lo que se encuentra en cada tomo que pasa por sus manos. Billetes de metros por docenas, entradas de cine y de teatro, trozos de hojas con números de teléfonos, con listas de libros por leer, recortes de prensa, a veces la crítica del propio libro, a veces noticias que nada tienen que ver, algún pelo, difícil de comprobar si es moreno o rubio…

           Continúa comprobando cada libro. ‘Entrevistas breves con hombres repulsivos’, parece en buen estado. ‘El mundo como supermercado’ con las esquinas de cada página completamente dobladas, si se observa con detenimiento puede comprobarse la velocidad de lectura de cada uno de los que han ido marcando el libro. En alguna ocasión se ha encontrado con libros tan doblados que eran ya casi como esos libros para niños que esconden una figura de papiroflexia que se abren al ir pasando las hojas. ‘Las doradas manzanas del sol’, en muy buen estado, casi nuevo. Coge ‘Martín Edén’, esta completamente quemado, como si alguien hubiera ejercido la dolorosa y antigua tortura de ir quemándolo con el cigarrillo mientras le sacaba información que el libro se negaba al principio a dar y que al final, sucumbido por el dolor, ha tenido que desvelar por completo. Lo aparta y continúa con sus perspicaces inquirimientos.

           Comprueba varios libros en buen estado, uno de Faulkner, el enésimo comentario crítico al Quijote, un libro de autoayuda disfrazado de filosófico, aparta ‘Cuentos completos’ de Alejo Carpentier por estar completamente descosido y aparta ‘El hombre de la arena y otros cuentos’ por tener las pastas completamente rotas. Terminada la primera tarea del día se toma un pequeño descanso y sale a fumar un cigarrillo

           Vuelve y comienza con el resto de tareas del día, actualiza la base de datos de consultas, pega unos carteles, atiende alguna consulta que le pregunta por algunos de los libros de obligada lectura esta temporada. Se le va la mañana deprisa.

           Come también deprisa y dedica la hora que le sobra a su diversión favorita, subrayar libros.

           Subraya los libros de la biblioteca desde antes de entrar a trabajar en ella, se podría decir que entró a trabajar para poder sistematizar su extraña afición. Nunca subraya un libro nuevo, solo aquellos que ya han sido marcados por algún otro lector. Sigue el perfecto orden de las estanterías que diariamente ella misma ordena. Coge el primero, comprueba con cariño las marcas que otros han dejado, a veces hay solo un dibujo tribal o un dibujo surrealista y eso ya le vale como excusa para comenzar a subrayar, con lápiz.

           Los tipos de marcas que puede haber dentro de un libro también pueden ser infinitos, números de teléfono que uno no sabe  bien si es una broma a terceros o una clara llamada de auxilio, direcciones, notas extrañas. Hay personas que corrigen las faltas de ortografía y las tipográficos, algunos con disimulo, otros con grandes caracteres y hasta con anotaciones como diciendo ‘que se sepa que aquí había un error y he tenido que venir yo a enmendarlo’. Hay quienes traducen frases de otros idiomas que los autores habían puesto sin nota ni explicación, o que añaden notas que otras ediciones contenían y no la que tienen en la mano. Los hay que se cabrean con el autor y le recriminan algún comentario, los hay quienes los alaban y se fascinan con la frase escrita y además de subrayarla la rodean de símbolos de admiración. A ella cualquiera de estas excusas le vale.

           Hace años llegó a la conclusión de que no existían los autores, era una entelequia más, un ente de ficción como cualquier otro;  Kafka podía no ser más que un personaje, un mito más de la humanidad, si mañana se descubriese que todo no fue más que una broma de Max Brod; el último escritor de moda es solo la idea que unas medidas entrevistas y una profunda campaña publicitaria se encargaba de dibujarnos; cada supuesto autor termina por ser los dos Borges, y con el tiempo uno de ellos termina muriendo, y ya solo queda la inexistencia del otro. Los autores son los personajes definitivos de la literatura. Comprendía mejor que nadie la necesidad de ir marcando los libros, de tratar de comunicarse con fantasmas: con personajes de los propios libros, con objetos, con frases, con los personajes definitivamente principales que solían aparecer en las contraportadas y en las solapas haciendo el papel de autor. Una palabra subrayada era una forma de intentar entrar en esa dimensión oculta, era un grito al personaje del autor, esperando que este sacase una mano, nos agarrase y nos mostrase ese mundo, aunque fuera por un segundo.

           También sabía que era falso que existiera ‘el lector’, cada lector es solo una circunstancia que multiplica el libro por si mismo tantas veces como es leído, como un juego metafísico imposible en el que un libro, con el tamaño de si mismo y sus estrictas características, contiene miles de veces su copia, sin desbordarse ni en un átomo de su físico y convencional existir.

           Subrayaba libros de un modo peculiar, siguiendo una única regla: nunca subrayar algo que pudiera tener un sentido claro. Nada de grandes reflexiones, de palabras curiosas o bellas, de juegos literarios, de líneas que definan un personaje o de párrafos que desanuden una trama.

           Subrayaba por ejemplo ‘la pelota roja estaba en el tejado’, y aunque un futuro lector podría pensar que la subrayadora debiera de tener una pelota roja en la infancia y de ahí la extrañeza de lo subrayado, porque no se podía entender de otra forma, ella sabía que como mucho solo había multiplicado el infinito contenido en cada libro cada vez que es leído, pero de ningún modo había caído en la trampa de querer ordenarlo

           Lo más desconcertante se producía cuando llegaba a sus manos un libro subrayado pero no  por ella (a veces subrayadas con bolígrafo, otras casi marcadas a sangre con un lapicero sobre el papel…) con frases como ‘Le dio el vaso a Nadir’ fuertemente remarcadas. ¿Habría alguien en el mundo con su misma, extraña y metafísica afición? ¿Sería que el subrayador tuvo una novia llamada Nadir y los vasos le traen su recuerdo, cual magdalena proustiana y necesita dejar constancia de ella?

 

 

 

 

           Pienso que la lista de las innumerables cosas que podríamos encontrar en la calle Tres Cruces podría empezar por un

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