libro; se trata de un libro en una bolsa junto a un cubo de basura, un libro de primaría, de hace  más de veinte años, en el que cada dos páginas está escrito Patty ♥ J.D. Podría seguir por una lata de cerveza vacía sobre un cartel donde el ‘Cócteles’ está en rojo sobre un fondo verde, es una lata que Rubén había estado bebiendo mientras esperaba la larga cola para entrar al Warlly, el penúltimo bar de moda; nada más llegar a casa Rubén pondrá en su fotolog que la noche de ayer fue genial y que estuvo hablando con Terry que en su fotolog hablará de lo bien que se lo paso y lo guapa que estaba María quien a su vez en su fotolog dirá que lo mejor de la noche, cuando más se rió, fueron las cervezas que se tomó con Rubén y su amiga Gemma en la calle. Hay una silla y una mesa de metal en una pequeña terraza, mojadas ahora por la lluvia de primavera que acaba de caer y que G limpia, para poder sentarse, con un periódico de esos gratuitos y en el que en la página 24, M.M. declara ‘estamos hasta las narices de este presunto talante post’ y ‘me he aburrido de mi mismo tipo “hasta las piedras”’. Hay restos de una discusión, pero casi no puede verse porque la lluvia se la ha llevado en su mayor parte, el chulo le decía a la puta que no se lo volviera a hacer ‘porque no tienes ni puta idea, ni puta idea, ¿te enteras?’ y en el que nadie ha hecho nada, porque ya se sabe, coca-cola refresca más. Hay algo de historia de la propia Ehnok, y hasta alguna vieja anécdota divertida, pero están tan sucias y mal cuidadas que casi parecen basura que nadie se atreve a recoger

           Lo cierto es que la realidad, contada así, sin mucha tergiversación, yo diría hasta que es aburrida. Lo difícil en Ehnok es poner la mirada en el sitio adecuado, en el momento adecuado, porque desde esta esquina mía no solo se ven todas, sino que a veces me da la impresión que las veo desde siempre o para siempre

           El sol empuja poco a poco a las nubes. M. Ölef se sienta en la mesa que hay al lado de G, echa una ojeada a la carta y pide paella. Lleva una cámara de fotos que ha retratado desde los más rimbombantes monumentos de Ehnok hasta las más habituales puestas de sol. Su cámara ha apresado trocitos de tiempo y espacio en casi cualquier esquina del mundo.

           ‘Las obras sucesivas de un escritor son como las ciudades que se construyen sobre las ruinas de las anteriores’ lee G en la página 76 del libro que ahora tiene en las manos. Se queda mirando una nube, pensando, le da un trago a la cerveza. M Ölef  ve una imagen que le parece pura poesía. Apunta y dispara (un segundo ha pasado, un segundo ha tardado en morir la imagen y un según ha tardado la cámara en embalsamar su recuerdo). Las sucesivas fotos de un turista son como ciudades que se construyen sobre las ruinas de las anteriores: ‘aunque nuevas, prolongan cierta inmortalidad, asegurada por leyendas antiguas, por hombres de la misma raza, por las mismas puestas de sol, por pasiones semejantes, por ojos y rostros que retornan.’

           Sobre la silla en la que se sienta M. Ölef hay una pequeña bolsa de mano, con documentación, planos del metro y de la ciudad, folletos, dos bolígrafos, unos pañuelos de papel, unas monedas; encima de la bolsa una chaqueta, vacía. Sobre la mesa unos cubiertos, unas servilletas de papel, un plato de paella medio acabado, una cesta con pan, una cerveza, un mantel de papel, una aceitera, la cámara.

           Muy poca gente lo sabe, forma parte de los recuerdos difusos que le quedan a una ciudad muy vivida, pero en la misma silla en la que ahora se encuentra M. Ölef estuvo sentado Wittgenstein, el filósofo, el inocente filósofo que necesitó de la más perfecta de las lógicas y del más estructurado de los pensamientos para poder llegar a equivocarse, pero con fundamento, antes de rectificarse; rectificarse, como los dioses (en Ehnok rectificar es de dioses y el no hacerlo de sabios, como en todas partes)

           ‘De lo que no se puede hablar, mejor es callarse’... ¡Qué bonita la inocencia!

           Wittgenstein se sentó acompañado de un catedrático, de un viejo amigo que hace tiempo ya que se había quedado a vivir en Ehnok, y de la mujer de este. Todo eran halagos; él, muy comedido y en su esperada línea, mantuvo silencio casi todo el rato. Se comenta que lo único que dijo fue ‘No, dejadme pagar a mí, al menos dejadme pagar esto’ en un alemán con sonoridad de flema inglesa. Lo cierto es que no le dejaron pagar tampoco eso.

           Más allá de lo que pueda parecer o de lo que se halla dicho una y otra vez hasta la saciedad, Wittgenstein era muy inocente.

           Cuentan que en palacio, la primera vez que Russell leyó el tractatus se quedó atónito y se supo desbordado

           Cuentan que en su lecho de muerte, la última vez que Wittgenstein leyó el tractatus se partió de risa

           -…‘mejor es callarse’, ja, ja, ja, ‘callarse’, ja, je, ji, jo, ju, qué tipo más inocente era, ¡’callarse’!

 

 

 

 

           Pero siempre hay un niño que envejece en Ehnok, como siempre lo habrá jugando en el viejo almacén de la Avenido Turguéniev.

           En el numero 35 de la misma Avenida Turguéniev, Cornelius espera, con aire despreocupado y mientras juega con dos amigos de su hermano pequeño, la salida de Micaela de clases de baile. Al salir, Micaela le saluda

           -Hola, ¿qué haces?

           -Nada, me pasaba por aquí

           -¿Me acompañas hasta casa?

           -No puedo después he quedado con Riky. Su tío va a enseñarnos a tirar con la escopeta nueva

           -¿Y qué vas a hacer después?

           -No sé

           Micaela se marcha triste. Cornelius sale corriendo en dirección contrario, da casi una vuelta a la manzana y se queda esperando. Cuando llega Micaela,  él pone gesto de tipo duro y ella pasa mirando al suelo

           -Después a lo mejor voy a casa de mi hermano mayor, van a poner una película de vaqueros que le han traído de fuera

           -Es que no creo que mi madre me deje salir, tengo muchos deberes de clase de música

           Mientras Micaela se va, Cornelius se queda pensando en por qué ella le ha preguntado qué iba a hacer después, si tenía muchos deberes y no podría salir. A su vez Micaela, alejándose, se va preguntándose porque él le ha dicho que no sabía que haría, si sabía que iba a ir a ver la película de vaqueros. Ambos piensan que los chicos o las chicas de su edad son idiotas; aun ninguno de los dos sabe que tendrán esa edad toda su puta vida

 

 

 

 

           -Querida, me importa un bledo.

           Y las mujeres se ponían a llorar en sus butacas con el pañuelo en la mano y los señores se tocaban el ojo haciendo dar a entender que se les había metido algo en él.

           Pasaron los años y la frase cambió. En la penúltima versión era un ‘Francamente, querida, me importa un bledo’. Pocos años después otro cambió más y tras la última frase alguien añadió otra última frase ‘¡Después de todo, mañana es otro día!’.

           Aglae era solo una actriz secundaría en la película, pero lo cierto es que causó sensación, y poco a poco con películas cada vez más peculiares terminó por ser la más importante de la historia del cine, al menos para la Asociación de Amigos de Aglae (A3)

           Tras los primeros años en los que funcionaron casi como un club de alta sociedad, la cosa cambio bastante. Con él tiempo la fama de Aglae fue disminuyendo y A3 fue siendo cada vez menos numerosa e importante, hasta el punto de que en los últimos años ya nadie sabía que existía y su funcionamiento era lo más parecido que hubiera en Ehnok a una logia masónica (si descontamos las logia masónica miΘ y la gran logia de la arquitectura impar).

           Cada uno de los miembros de A3 tiene como apodo (nombre en clave, dicen ellos) una frase cinematográfica. En ocasiones la frase daba en la diana y parecía que su personalidad había crecido a partir en la propia frase. Si no era así, cada cual trataba de adaptarse lo más posible a ella, a lo que ella decía o a la personalidad del personaje que la pronunciaba, hasta un mimetismo que rozaba lo increíble. ‘Siempre digo la verdad, incluso cuando miento digo la verdad’ se encargaba de llevar las cuentas, o sea, pedir subvenciones como asociación culturar y pagar las cenas, y en sus ratos libres desgravaba. ‘El artista miente para mostrar la verdad’ llevaba el ideario del grupo, y es ratos libres poetizaba. ‘Nunca llueve eternamente’ era un tipo más o menos melancólico, para el que todo era infinito, por siempre, el destino, el todo  y de tamaños similares. Lo cierto es que yo creo que la idea fue suya.

           Según el principio antrópico de la cosmología el mundo es necesariamente como es porque hay seres humanos que se preguntan por qué es así. Dicho de otra forma: ¿por qué es el universo como lo vemos?, la respuesta es simple, si hubiese sido diferente, nosotros no estaríamos aquí. El fin inefable de la existencia, el paso evolutivo definitivo, o más bien el camino natural del universo, es la vida inteligente.

           Y, dándole una vuelta de tuerca ¿por qué la vida inteligente en su conjunto y no un punto de ella? Y qué mejor punto para A3 que Aglae

           Aglae visita hoy la ciudad

           Es una de las pocas visitas que ha hecho a lo largo de su vida, nunca fue muy amiga de la fama innecesaria y nunca creyó que las películas debieran de venderse como en un mercado turco, de ciudad en ciudad y de promoción en promoción.

           El alcalde le dará las llaves de la ciudad. La productora para la que trabaja le ha preparado tres entregas de premios. Un insigne y multiaclamado director de cine será su cicerone estos dos días. La película que presenta se titula ‘Tu rostro, mañana’ (adaptación de una novela del penúltimo novel de química). Y A3 planea secuestrarla

           El hecho de que algo tan absurdo esté sucediendo solamente puede ser superado por el hecho de que suceda de una manera incierta.

           Aglae no existe

           A3 prepara todo como si de una película de cine negro se tratara. Al final la puesta en escena se asemeja más a una película muda de los años 20.

           Las palabras no le llegan a la suela de los pies a la realidad porque la realidad no necesita justificarse para ser impepinablemente verídica. Y en situaciones tan surrealistas y absurdas como esta, las palabras solo pueden ser el juego inocente de un niño tonto (gracias a dios la productora ya a puesto a un par de guionistas a preparar la futura llegada al cine de tan cacareada anécdota; con imágenes, la realidad lava más blanco)

           Resumiendo. A3 se equivoca de persona y en lugar de secuestrar a la Señora Aglae Smitherings (poco preocupada por cuidarse, cansada de ser tratada como divinidad, saliendo en último lugar del avión), secuestran en el aeropuerto a una vieja ricachona, con sus estudiadas poses de soberbia y con una cierta similitud con la actriz, que asustada se encontraba recogiendo unas flores ‘del director de cine ese mariquita que tanto sale en la tele’. La policía no se da cuenta del error en un primer momento, ni en segundo momento. Tampoco la productora, y mucho menos el alcalde. La productora lo descubre un día y medio después cuando Aglae llama desde el hotel, desde una habitación que ella misma había reservado hace meses para no dar explicaciones a la productora, diciendo que la ciudad es muy bonita, pero que supone que si ha venido a Ehnok será porque tiene que hacer algún paripé

           Meses después, en uno de los espectáculos teatrales de la ciudad, un monologuista acaba  la parodia referida al tema diciendo “…entre secuestrar a tu ídolo y follarte a tu gata no lo dudes, fóllate a tu gata… Gracias”

           Aglae no existe, por eso su belleza es tanta en las pantallas y sin embargo puede pasar desapercibida en la vida real.

           En un viejo cine, aprovechando el tirón del asunto, reestrenan parte de su filmografía.

           ‘¡Adrian!’ sale del cine. Dejó A3 seis meses antes del asunto del ‘aeropuerto’ al darse cuenta de que una obsesión como la de amar a Aglae es estúpida compartirla. Sale pensativo del cine, triste, o más bien melancólico. Tras casi dos horas frente a la brutal presencia de Aglae se siente insignificante en un universo cuyo significado también desconoce, y que ciertamente le importa un bledo, tanto en la teoría como casi ya en la práctica. Se sienta en un banco y observa como alguien le da de comer a las palomas. Se queda mirando un eterno nogal durante un largísimo rato,

           El silencio, el tiempo suspendido.

           Levanta la vista y vuelve a mirara al eterno nogal, Se acerca y le dice

           -¿Qué pretendes?, ¿acaso tu también tratas de hacerme creer que tampoco yo existo?

           Al día siguiente se levanta de la cama y no puede encontrar uno de sus zapatos

 

 

 

 

                 Recordaba aun como conoció a J.D Creyó que nunca se le olvidaría y en parte fue verdad, solamente y sin quererlo, ha ido matizando palabras, cambiando tonos, es lo bonito del recuerdo, que no deja de ser una versión disléxica de la imaginación

                 S esperaba en el salón de la casa de Leela, mientras ella se adentra en busca de su padre con la intención de convencerle definitivamente de que la dejase apuntarse a clases de teatro. Sentada en un sofá imitación Luís XV pensaba que todo ahí era demasiado pretencioso y con muy poca clase, mientras imaginaba unas cortinas con mucho más estilo y unos sillones mucho menos retro… Un joven con unas gafas y unos tobillos casi de alambre, con una bata que dejaba entrever un infantil pijama de ositos, descalzo, se precipitó en la habitación con la boca abierta.

                 -Oh, perdona, creía que eras Bender

                 Se sentó en él otro extremo del sofá y sacó un pequeño destornillador de uno de los bolsillos de su bata.

                 -Estás gafas son un horror, pero llevan tanto tiempo conmigo que no soportaría ponerme otras, creo que es como la novena o décima vez que pierdo este tornillo, la última vez decidí comprarme un docena de ellos.. ¿tú crees que se podría pegar o algo parecido? –Miró a S como si fuera lo más natural del mundo que ella estuviera allí y permaneció callado, esperando una respuesta.

                 -Oh, creí que era una de esas preguntas retóricas… no sé, no conozco a mucha gente que lo haya hecho, supongo… creo que será por algo… será porque no se puede, supongo

                 -La gente no lo hace porque siempre prefieren unas nuevas o porque tiene miedo y piensa que si nadie lo ha hecho es porque no se puede, pero el asunto es más bien si hay algún tipo de pegamento que no deje hecho un adefesio el tornillo y que lo peque bien.

                 Realmente era el tipo más cómico que había visto jamás. Tenía el pelo bastante revuelto, como si se acabase de levanta, una barba de dos días, rala y un poco rojiza. No sabía que Leela tuviera un hermano, lo cierto es que ella habla mucho, pero casi nunca de su familia

                 -Debería apoyarme en una mesa, ahí que hacer bastante fuerza, aunque no lo parezca. –Se levanta y se dirige a la otra punta del salón. De repente se golpea con fuerza contra uno de los pies de una mesilla de té

                 -Mierda. Joder como duele.

                 A S se le escapa una pequeña risa. Él le mira algo airado. Ella se da cuenta de lo inoportuna de la situación

                 -Perdona… ¿estás bien?

                 -Siempre pasa igual, basta que vayas descalzo para que te topes con algún mueble inútil. Ah…

                 -Si te duele mucho prueba a ponerte algo de hielo, a mí me pasó una vez y me funcionó.

                 Casi no había terminado de hablar S. cuando él desapareció por la misma puerta por la que había entrado y a los pocos segundos apareció por la contraría con una bolsa de plástico supuestamente con algún hielo dentro. Fue tan rápido que parecía casi uno de esos sketchs de cine mudo.

                 -¿Eres amiga de Leela?

                 -Sí, me llamo S, somos compañeras de clases

                 -Ah! Tú eres S. Bouvier, con quien Leela se quiere apuntar a no-se-que

                 -Sí – dijo S descruzando las piernas – a clases de teatro.

                 -Yo estuve en clases de teatro y créeme no es ni por asomo la mitad de divertido y emocionante de lo que pudieras pensar

                 S cruzó sus largas piernas, arregló los bajos de su abrigo sobre las rodillas y puso cara de enojo

                 -Bueno, a lo mejor a ti no te apasionaba tanto

                  -Oh, por díos, vendita inocencia –y acto seguido se pone a recitar con un marcado acento y algo de sobreactuación -la nada vista como la existencia de algo que por definición no existe… ¿contradictorio mi buen amigo?, ¿sólo contradictorio?...

           S se dispone a criticar, pero le parece interesante, en su secreta opinión, el solo hecho de poder hablar de teatro

                 -El teatro es más que un sobreactuado recitado

                 -Uff, creo que me he roto el meñique, me duele un montón, incluso con el dichoso hielo

                 -Quizá debiera vértelo un médico

                 - Vive el valiente lo que  quiere el traidor, vive el sano, lo que le permite el doctor

                 -Oh, vale, para ya.Yo solo digo que a lo mejor S y yo tenemos más ilusión porque es la primera cosa que hacemos fuera del instituto o porque lo sentimos más… o a lo mejor simplemente porque somos chicas, o como quieras verlo. ¡Pero si no lo intentamos…?? - dice S, mientras cruza sus piernas y mira en dirección a la ventana

                 -Sí, tienes razón, lo que pasa es que estoy un poco cansado de una ciudad donde todas quieren ser actrices, modelos, princesas…

                 Él se levanta y cojeando saca un libro de una de las estanterías del salón.

                 -Mira, es de Tyson Vogel, a lo mejor te gusta… al principio parece un poco complicado para empezar, pero luego está muy bien-y lo lanza sobre el sillón mientras se rasca concienzudamente la cabeza y se aleja por una de las puertas

                 S se levanta coge el libro y lo hojea

                 -¿Quieres tomar un café? –escucha S en la lejanía, y acto seguido aparece de nuevo por la otra puerta con una taza de café en la mano

                 -No, gracias, ya he desayunado

                 -Pruébalo, nuestra madre lo compra en una tienda de delicatessen  entre la Tercera y Lexington. Es lo único que de verdad he echado de menos en todos estos meses

                 -¿Has estado en la guerra? –pregunta desinteresadamente, mientras tapa su cara con el libro y espira las piernas.

                 -Más o menos. En la guerra contra la dislexia. Solo hay una cosa peor que el teatro aficionado, la guerra amateur.

                 Nuevamente le parece increíble e interesantísimo poder hablar con alguien que estuvo combatiendo, quizá poder hablar de la muerte, de tantos sentimientos intensos. No llega a pensar en la crueldad de la guerra que hasta un par de años después no vivirá en sus propias carnes, pero en cualquier caso no quiere que el hermano de Leela se de cuenta de ello y vuelve a preguntar con algo de indiferencia

                 -¿Una guerra amateur?

                 -Lo cierto es que nunca estuve en primera línea, he estado solo en mantenimiento, de aviones principalmente, es lo que tiene ser un chico listo y con estudios… o es lo que tiene que tus superiores piensen que estás como una cabra

                 S hace como que ojea el libro, mientras piensa en que ha querido decir concretamente cuando ha dicho lo de estar como una cabra

                 -¿Realmente no quieres aunque solo sea probarlo?, le dice señalando la taza

                 S lo coge, lo prueba y se le escapa un gesto de amargura

                 -Vaya, creo que debe tener poca azúcar. Espera –y desaparece de nuevo por una de las puertas.

                 -No, no hace falta, está bien, de verdad, no te preocupes

                 Él le hace caso omiso y comienza a hablar

                 -Niños de papa jugando a ser militares y hasta estrategas; pobres hombres, en todos los sentidos, siendo carne de cañón; y en el medio idiotas como yo o freakies como Bender tratando de que la sangre no nos salpique lo poco que nos quedaba de cordura

                 Vuelve por la misma puerta por la que salió, con una azucarera y otra cucharilla y la pone sobre la mesa de té, junto a la taza que S había probado

           -El problema es que si en verdad lo pienso, no puedo dejar de creer en que la guerra era necesaria. Y eso es lo que me hace pensar que estoy pufff –y mientras lo dice hace un gesto con el dedo, señalándose la cabeza como si estuviera loco – Al fin y al cabo los acuerdos producidos en tiempo de paz no suelen ser duraderos, sin embargos los que vienen después de un enfrentamiento, de un duro enfrentamiento, estos son  los que perduran, tanto o más que el recuerdo de los heridos y muertos. Una paz renegociada cada poco es el preludio de guerras más cruentas

                 -¿Pero cómo puedes decir eso?... como se nota que… -Pero se calla y en su cabreo no dice que en el fondo es solo un niño mal criado (quizá como ella misma, piensa también muy en el fondo, pero con la diferencia de que ella respeta la vida) que él solo ha estado en la retaguardia y no sabe lo que es la muerte…

                 -Sí, tienes razón, el problema, el único problema quizá es que lo digo - Suena el timbre, y el discurso se queda a medias – ¡Mierda! Enseguida vuelvo, dile a Bender que estoy en dos minutos

                 S, se sienta, cruza las piernas, estira el faldón del abrigo y se queda en silencio, cabreada, pensando en como se puede haber estado en la guerra y volver siendo tan idiota. Mientras un tipo altísimo y delgaducho, con un abrigo de pana y una gorra gris, entra por la puerta, se quita la gorra y saluda

                 -Hola que hay, soy Bender

                 -Hola, yo soy S, estoy esperando a Leela, me ha dicho su hermano que te diga que estará listo en dos minutos –y mientras lo dice se pregunta dónde estará Leela, si habrá pasado algo o si se habrá olvidado de ella

                 -JD siempre igual, llego tarde e incluso así no está preparado. Hemos quedado a y media y tal y como estará de tráfico hoy con lo de la visita, no creo que encontremos ni un jodido taxi. No hay nada peor que llegar tarde a una cita de negocios

                 S se queda intrigada pero no sabe si preguntar, por suerte

                 -¿Sabes que JD es escritor?

                 -No, no lo sabia, en verdad le he conocido hoy

                 -Vamos a ver a un amigo mío que trabaja en un periódico a las afueras de la ciudad. Parece que tienen intención de publicarle una carta semanalmente, cartas que escribió cuando estuvimos en el frente. Pero las publicarán como si fuesen actuales, escritas para la semana en cuestión

                 -¿Tu también trabajaste en mantenimiento, reparando aviones y esas cosas?

                 -¿Mantenimiento? ¿Reparar aviones?

                 -Sí, eso le entendí a JD

                 -Pues no se bien que te ha dicho, pero lo cierto es que ya me hubiera gustado estar en la retaguardia, y a él también, seguro… Uno solo escribe tantas cartas cuando no le queda otra opción

                 Justo entonces sale Leela y S piensa que no podría haberlo hecho en el peor momento.

                 -Jii, jii, sí, sí –coge del brazo a S –Hola Bender ¿qué tal? – y Bender la saluda con un gesto- al final vamos a poder apuntarnos las dos ¿quedamos esta misma tarde para la inscripción? –le dice en un tomo algo bajo –le he tenido que prometer que acompañaría a mi hermana pequeña a las clase de piano todos lo días

                 S acaba de enterarse de que su amiga también tiene una hermana pequeña

                 S se levanta del sofá, descruza las piernas definitivamente y se aleja del salón mientras con un gesto, que este corresponde, se despide de Bender

                 -No sabía que tuvieras dos hermanos

                 -Bueno, sí, Amy la pequeña y JD que está un poco majara

                 Al final S sale de casa de Leela buscando una excusa para volver a ver a JD y pensando en qué periódicos se editan en las afueras de Ehnok

                 Lo cierto es que S también recuerda la segunda vez que vio a JD. Recuerda como le ofreció con demasiada insistencia un sándwich de pollo y como al llegar a casa hizo trizas los folios que él le había dado y como los lanzó, malhumorada, sobre el serrín del fondo de la papelera

 

 

 

 

           Sobre el mapa de Ehnok podemos situar veinticuatro iglesias. Todas están perfectamente situadas de manera que al juntar los puntos sobre un mapa se forma el triangulo de Roger Penrose en sus perfectas y exactas tres dimensiones

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