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Él: No te creas, cuesta mucho dejarte mal, sea cual sea el tema de conversación, teniendo una tan gran defensora como Nadja (Margarita Duras empieza a desnudarse y se queda en ropa interior) Margarita Duras: Anoche tuve un sueño peculiar. Soñé con E Bishop sin brazos ni piernas, recitándome su poema sobre un sari hindú, mientras lamía mi cuerpo desnudo Nadja: Cuando sufrimos las confidencias de un amigo o de un desconocido, la revelación de sus secretos nos llena de estupor Él. No creo que el estupor tenga que invadirnos estando en una biblioteca como estamos Nadja: Mi estupor es el mayor de mis desnudos y como tal una pequeña astilla de él basta para prenderme -el público, de modo imprevisto, aplaude el chiste entre risas escondidas- (Margarita Duras mira a Nadja con una sonrisa de complicidad) Margarita Duras: Siempre te sentó genial el rosa Nadja: No tengo hoy el horno para bollos, pero sé que te lo debo -alguna voz entre el público silva el desnudo de Nadja- (Él sale de la habitación sin vestirse, poniéndose debajo del brazo un libro de Robert E Howard) …………
32. Antes de que saliera Viadro para nuestra honrada apalabrada, no pude evitar digerir mis temores y más incluso que eso. Estaba pletórico, intocable, nada me haría mal entonces. Ingerí un tonificador sin dosificar, lo que me iluminó, deslucificó y me abstrajo inconmensurablemente. Fue así conocí a Chek, Chek ToSan. Me da la sensación que ya le conocía, como si le hubiese tratado previamente, o como si él se hubiera fijado en mí y yo lo hubiese notado y nunca prestado atención. Preferí olvidar el sentimiento y dialogar con él, con quien posteriormente tuve una estrecha relación con caídas, recaídas, choques, enfrentamientos, cariños, aprecios, dulzuras y entendimientos. Quizá ese día me marcó y no debí conocerle, ni él a mí. Estuvimos instantes eternos en soledad y diálogo. Había algo que me atraía en él, no era como el resto, destilaba diálogo, opinión y crítica sincera, mejor que nadie, sin querer atacar, sólo queriendo descifrar la realidad de la mejor manera posible. Éramos diametralmente opuestos, pienso que únicamente nos unía nuestra sinceridad, nuestra capacidad y afán de diálogo y nuestra modestia, cosa que podíamos compartir con el sereno, y extrañado siempre con nos, Viadro Dener. Emotivamos sin recatos ni reparos, sin paradas ni interrupciones, pudiendo entendernos sorprendente e intuitivamente. Confieso que me enamoré no-sexualmente de él, él de mí, en cambio, creo que no. Solo quería recogerme en mi caída, como un hermano mayor, educador y protector. Por una vez y sin que sirva de precedente mi orgullo y ego me permitieron fallar que era mejor que yo. En los finales attimos de cháchara me abandonó para no obstruir mi inútil y absurdo trato con Viadro. En un extraño arranque, Viadro fue abordado por una especie de esbirro suyo, entregado al hedonismo y al vacío, al que atendió paciente como de costumbre; algo que jamás entenderé. Pero aquello me activó y sacó de mí. Enganche a una melosa arlequinada y la adapté a mi cuerpo, enrojecí sus senos, hice que se enfureciera rota de deseos al aguantar impasible gimiendo y llorando a escasos milímetros de su boca. Después sin rozarla más que con mi instrumento de castigo, provoqué que se notará usada, desechada, sin apegos, sin cariños, necesité que se sintiera mal. Y lloré, vaya si lloré, desconsolada y animalmente, a chillidos, gruñidos y males, sin razón a causa de las cotidianas y dominadoras drogas. Crisis, dioses míos, qué crisis, qué intrigante angustia que me hizo escupirla y pedirla perdón, golpearla por vez primera en mi vida y luego agasajarla durante horas en placer oral e incluso anal. Hice que se masturbara con el tacón de su propio calzado, la saqué en público y entonces sí la ame a la vieja usanza. Después horrorizado de mí mismo le pedí que acabara con mi existencia, comprensiblemente se negó, algo que vengué haciendo con ella lo que merecía y no quiso hacer conmigo. Sé que Viadro tuvo noticia y no me lo perdonó pero jamás me lo dijo. Fue la primera ocasión también que le arrebaté la existencia a alguien, sin embargo no fue la única. Por fin, mis leyentes, sacié mi inquina y apacigüé mi desatino. Como confesaba, compañeros, llegó Viadro a mí, me gaseó algún positivador como ánimo y me ‘prohibió’ una jugada en el alucinador con la defensa de mi acusado estado de tensión. Acaté, por el contrario, su decisión, sin acritud, y nos refugiamos en una sala de calma donde primero hablé yo y después escuché de agrado. El trato fue en vano y sin embargo eso era algo que nunca tuve en eterna duda, y con él trato baldío también había sido baldío el sacrificio. La situación se me presentó inconciliante. Algo tenía que hacer. Decidí retroceder al punto en el que mis hablares con Chek vislumbraban un futuro distinto, y cuando el trato, la melosa arlequinada y los positivadotes eran no más que un plan de un errar esperado. Desde entonces solo arrebaté un par de existencias, y todas igual de en vano, pero ya no quise volver a deshacerme.
332. Fuego Soñé que la Tierra se acababa. No aspiro al autodominio. Y que el único ser humano que contemplaba el final era Franz Kafka. Autodominio es querer influir en un lugar causal de las interminables radiaciones de mi existencia espiritual. En el cielo los Titanes luchaban a muerte. Pero si tengo que trazar semejantes círculos a mí alrededor, entonces lo hago mejor inactivo en la simple contemplación del monstruoso complejo y me llevo a casa el robustecimiento que im Gegenteil produce esta contemplación. Desde un asiento de hierro forjado del parque de Nueva York, Kafka veía arder el mundo.
34. Anotaciones de un diario apócrifo Juan C.M., de 34 años fue detenido por la Policía el día de Nochebuena acusado de haber atracado cinco locales en un radio de 400 metros y en solo media hora. En uno de ellos, cuando salió el dueño de la trastienda, compró y pagó la barra de pan a la atónita dependienta a la que momentos antes había exigido dinero. Lo pone en la prensa A.T nació en Lyon en 1953. Tras estudiar en los Dominicos se matriculó en Derecho, motivo por el cual tubo que marchase a vivir a la ciudad de Bayadoliz, desde donde tras cinco años, con el título bajo el brazo y el gusanillo de la literatura creciendo en él desde el día que a sus nueve años comenzó a hojear una Biblia que había por casa, marchó a la capital con la firme convención de hacerse escritor. Comenzó trabajando en maquetaciones y trabajos diversos en más diversas editoriales, hasta que el mismo día del asunto Juan CM, tras casi veinticinco años en el mundillo, su agente le comunicaba que acababa de ganar el premio Navidul de novela. Lo confiesa él mismo en una entrevista Maria pasó la navidad de este año con su familia. Hacia seis meses que se había venido a vivir a la ciudad. Familia más o menos acomodada, juventud dichosa. Deseos de ser diseñadora. Acabada la carrera se viene a la capital. La pobrecilla no sabía que estaba siguiendo los pasos de los cientos de AT del mundo y que seguramente tendría que trabajar veinte o treinta años para llegar a cumplir un estúpido sueño de juventud. Como todo el mundo, en cualquier parte, siempre. María tiene los ojos claros. María es una buena chica que ni siquiera tiene muy claro si existo o soy un objeto más de los que componen su mundo. A veces creo que Maria solo existe en mi cabeza Era 24 de diciembre. Cenaba solo. Había estado el día antes con Maria –más bien cerca de María- y me dio por pensar en ella. Ya había pensado en la familia, de quien huía como único y doloroso modo de defensa –de supervivencia-. Ya había pensado en mi futuro, en donde lo debí de guardar hace años, cuando creía que tenía uno. En la soledad, en la estupidez de las fechas. Mi cabeza me estaba matando, poco a poco, así que decidí entretenerla. La tele muerta, la música no me defendía lo suficiente de mis fantasmas, me quedaba sólo la vieja perra de la literatura. Retomé algo ya leído, a veces me gusta saborear alimentos preteridos, y la cena de nochebuena, aun en soledad, siempre es excesiva como para luego probar con nuevos manjares. Abro, al azar, un libro de A.T., “ Hoy no he hecho nada en todo el día, aunque hubiera podido trabajar porque estuve todo el tiempo solo. Comprendo que resultará bochornoso para alguien tener que leer dos líneas como las precedentes. Bien, imagínese como me sentiría yo mismo para tener que escribirlas” La historia de la literatura como dolor crónico, como padecer incurable, puede ser más larga de contar que la misma historia de esta. La historia del dolor crónico es la historia de lo que había antes del ser humano, y lo que habrá después. Quiero huir. Escribo esto para no sentirme tan inútil. Quiero ser otro, tener otra vida, y me la paso entrando en panaderías y comprando pan, leyendo penas, tan ajenas como propias, y vendándolas con estas tiritas de párrafos, que no dejan de mal acompañar una herida en cursiva. Imagínese, como me siento yo, para tener que escribir estos párrafos. Hoy no he hecho nada, y ayer fue hoy, y hoy será mañana.
35. Palermo, 2 de junio de 1860 Mis últimas cartas fueron despachadas tan aprisa que no tuve tiempo de enviar detalles relacionados con ellas. El hecho es que toda comunicación directa con Inglaterra está detenida, y todos los que han de enviar cartas dependen enteramente de la irregular partida de buques de Malta o Nápoles; y para mejorar las cosas, no se avisa de antemano de estas partidas antes de que la chimenea del vapor advierta que la caldera está encendida para zarpar En los cinco últimos días las cosas han mejorado bastante, me he hecho con una importante provisión de queso y un joven italiana de profundos ojos negros me consigue algo de pan: creo que a mi edad he descubierto el amor y aunque quizá ella no deje de verme como a su abuelo, cada currusco de pan que entra en mi boca hace que mi corazón empiece a latir como un idiota adolescente enamorado. En lo referente a mis escritos tengo una buena y una mala noticia. He comenzado un nuevo diario, este ha de ser el definitivo, la decisión de entregarme con cuerpo y alma a él y la seguridad de no volver a caer en la equivocación de querer contarlo todo, o querer contar toda una vida o siquiera de querer contar algo trascendente, me hacen estar rebosante de esperanza. Y la buena noticia es que he quemado todo. He quemado todos los textos que he escrito estos últimos cinco años en esta isla, he quemado los escritos que me acompañaban desde mi estancia en África en los cinco años precedentes, y en un acto de grandeza aun mayor, he quemado toda mi documentación y hasta toda mi ropa y enseres personales. Ahora vivo medio desnudo, en un cuarto de una casa abandonada, como un mendigo, sólo con unas cuartillas que mi particular ángel de la guardia me provee y esta pluma que algún día en alguna trifulca de borrachos será el motivo de mi muerte, de mi cruel y sinsentido asesinato. Espero que no te enojen mis palabras pero aun recuerdo cuando estando juntos en el colegio, en aquellas juventudes en nuestro pueblo natal, todo el mundo decía que era demasiado acomodado para llegar a ningún sitio y que tú, en cambio, tan apreciado hermano mío, tenías todos los dones para una vida de triunfos. ¡Ja!, míranos ahora, tú encerrado en tu vida y yo libre, en la vida de todos. El queso aquí es increíble, es el mayor manjar que jamás soñé probar. Y que decir de sus mujeres, su mirada profunda, su piel oscura y su cabello largo, su dulzura perpetua y su sexualidad en cada uno de sus movimientos. Por las tardes salgo a tomar el sol y veo la vida pasar, la vida es bonita, muy bonita, será porque ocurre pegada a la muerte, será porque ocurre aun cuando renunciemos a ella y no necesite de nosotros para nada, sea por lo que sea, es bonita. Dicen que Garibaldi está a punto de tomarlo todo y acabar con esta estúpida guerra. Dicen que Dickens ha vuelto a superarse y su última obra está a la altura de los clásicos entre los clásicos. Dicen que si la reina Victoria ha resultado ser el rey que se soñaba. Yo solo te puedo decir que el queso aquí es el mayor manjar que jamás soñé probar. Hoy he escrito un tremendo poema, casi podría considerarse una corta prosa poética, sobre un pobre corsario que hecha de menos algo, pero no sabría decir qué. Ayer rememoré un pasaje bucólico de juventud, pero para describirlo he tratado de recurrir al latín que tanto estudiamos en la escuela, no estoy muy seguro de que esté tan lleno de errores que no pueda pasar por una simple broma o el intento de un mal aprendiz. Mañana tengo intención simple y únicamente de hacer una lista de toda la iconografía reflejada en la iglesia que se encuentra junto al cuarto que esta haciéndome de casa, pero solo una lista, sin explicación alguna. ¿No te das cuenta de lo anticuado que me encuentro? Todo es siempre el irle rondando al mismo mundo bucólico. A veces cuando lo pienso me entristezco un poco, resurgen en mí los sentimientos de juventud de creer a la literatura como madre, pero es solo un segundo, el segundo en que descubro que el tiempo ha pasado para todos y que ya solo es una pobre viuda para mí, de igual forma que yo solo puedo ser un mera broma para ella. Espero que te llegue esta carta, en el fondo de mí tengo la sensación de que estas serán las últimas palabras que te escriba Con cariño, tu hermano Frank Vizetelly.
Posdata: Saludos a tu dulce Miss Margaret Posdata segunda: No te preocupes demasiado, en el fondo solo me ha rozado. Este mundo no acaba en nosotros, y por más que te escriba cartas en las que parece que la vida ha caído sobre mí con más fuerza de la que podría soportar, no te preocupes para nada, solo me han rozado, solo me ha rozado.
36. Dicen que España es el país del sol. Ayer llovió. Luego alguien miente. Tras semanas siguiendo varias pistas falsas, la genialidad de Arthur Dent le puso tras la persona adecuada. Se trataba ni más ni menos que del malvado Meteorólogo Ventrílocuo, y sus dos siniestros secuaces. Solo ellos podían estar detrás de esta mentira, que tanto dañó hacía a los hombres de buena fe. ‘Tenía que haberlo adivinado antes, tantas pistas solo eran para jugar conmigo’, se recriminaba, mientras, sentado en el tren, se disponía a llegar a la guarida del supervillano. La primera de las pistas fue una caja de cerillas con la dirección del Pub Arthur en el 42 de la calle Morge. Tan obvio que dejo que la policía se topase con la trampa Las declaraciones de un mayordomo que encontró en la calle paralela a la que se perpetrara el delito parecían excesivamente recitativas -Aquel día era mi día libre. Cuando llegué, al día siguiente, lo primero que hice fue almidonar una de las camisas del señor, como no tenía almidón lo que hice fue aclarar la camisa en una mezcla de agua azucarada, pero de sangre, ni una gota por ninguna parte Pero también habían sido manipulada el arma del delito: ‘todo M no es P’ y sin embargo ¡nadie parecía haberse dado cuenta! ‘Solo alguien con el poder del Meteorólogo Ventrílocuo o el presidente de Mondadori podrían estar detrás de tal acto cruel y profundamente malvado, pero el presidente de Mondadori difícilmente debe saber leer, así que solo puede ser el supervillano con el que tantas veces me he enfrentado’, se autoconvence Arthur Dent mientras, después de haber llegado al pueblo indicado, se dispone a subir la colina que frente a él se le muestra, coronada por una majestuosa casa victoriana. El final de esta historia es algo confuso. En el diario del malogrado Arthurd se puede leer la única anotación que sobre el caso hace en las más de 1650 páginas que lo componen: ‘Elevé la vista hacia arriba e intuí que ya no tenía parietal, tan solo un negro boquete, como de alquitrán caliente. Hundí mi mano en la brecha que se había formado y pellizcando un trozo del vacío de la grieta me la lleve a la boca. Tenía la textura de la culpabilidad’ y que en caso alguno aclara el final de la historia Arthurd Dent dejo su profesión de detective privado tres días después de que el Meteorólogo Ventrílocuo fuera detenido, en la actualidad se dedica a viajar El presidente de Mondadori se compró un sofá de relax para su casa de verano dos días y veinte horas después de que Arthurd Dent detuviera al culpable, en la actualidad sigue sin saber leer . La muerte del Meteorólogo Ventrílocuo y de sus dos más importantes secuaces se producto por inyección letal tras un juicio justo. En algún lugar de la pampa un argentino mató un japonés para celebrarlo.
37. Entonces me imagino un punto. No sé si es un punto y seguido o un punto y aparte. Y me imagino, atado a él, unas docenas de cadenas, grandes, algunas hasta casi imposibles de mover por cualquier persona. Y me imagino, atados a esas cadenas, docenas de monstruos, monstruos que solo pueden salir en bestiarios clásicos y eternos y en pesadillas que ni las pastillas más duras consiguen calmar. Monstruos que ni las digitalizaciones ni los millones de píxeles llegarían a dibujar. Monstruos que con cada una de sus envites parece que están a punto de destrozarlo todo y romper las cadenas y escapar. Y ahí estoy yo, sobre el punto y aparte o sobre el punto y seguido, con un enorme martillo, golpeándolo con fuerza para dejarlo bien clavado en la tierra y que no se vea que en verdad no es un punto sino más bien una femenina coma de la que solo se ve la cabeza, o puede que un resabido dos puntos, con medio cadáver ya enterrado. Y yo peleando contra él, y peleando con el suelo, un suelo repleto de páginas, millones de páginas en millones de idiomas, arrancadas de libros que unos y otros dicen que son clásicos o que pronto lo serán. A veces alguna cadena se rompe. Entonces los monstruos escapan, y lo primero que hacen es ir a por mí, y yo aterrorizado cierro los ojos. Y despierto, empapado en sudor, y descubro que todo ha sido un sueño, que ningún monstruo se ha escapado todavía y con el martillo en la mano, agarrándolo con las dos manos, de inmediato me pongo a dar martillazos sobre ese punto, que cada día se me parece más a otro anónimo punto y final, un anodino punto y final, como tantos otros, y trato que no todo sea en vano, y mientras golpeo, en un Código Morse que ya no tengo muy claro si se parece al original en algo o siquiera si, a estas alturas, me lo he inventado por completo, mando palabras, solo palabras, sin animo ni intención de contar nada, y se las mando al eco que no responde, a los monstruos que ni lo oyen, ni les importa lo más mínimo, y a mí, que ya no hay maldita forma de engañarme
38. GRAn VIAjE, PEQUeÑoS ADioSEs He tenido que matar, pero siempre por un motivo justificados. Lo cierto es que una vez que has matado el motivo es justificado, porque de no serlo así no habrías matado -el acto justifica la justificación del acto-; aunque quien escucha que el motivo era justificado piensa en motivos morales o éticos que considera superiores a los motivos más banales que uno pueda tener para matar. Como si esos motivos, y tantos otros, que nos impulsan a hacer de lo más salvaje a lo más sencillo, no fuesen motivos de suficiente altura; como si no existiese una forma de moral o ética débil, de la misma forma que existe un pensamiento débil, o un amor débil, o una lluvia débil, y por ello no deja de ser lluvia: por muy poca justificación que se quiera ver en que hoy llueva, pese a que ya no quede agua en el mundo y nosotros seamos ya los únicos supervivientes de nuestra tribu. He estado en la guerra y curiosamente ahí no maté a nadie. Cuando estuve en la guerra tomé la decisión de dedicarme a la logística: no me parecía decente matar a un desconocido y además matarlo por motivos tan vacíos que sólo pueden ser confundidos con motivos superiores. Sólo se mata por amor, odias a alguien por defender el amor que tienes a otra persona o hasta a otra cosa, y yo no puedo amar a cosas tan vacías como una bandera, un país o unos derechos: sé que cualquier bandera puede ser sustituida por otra, que todo país desaparecerá cuando la cicatriz que le separa del resto, cicatrice, o que los derechos sólo sirven a las personas que los crearon, y yo hace tiempo que sólo creo derechos y deberes para mí. Lo cierto es que ahora que ya sólo estamos tú y yo, esta es mi última oportunidad. Sólo tú y yo en millones y millones de kilómetros de selvas, desiertos, mares, playas, tundras y montañas. Uno de los mayores placer... o no seamos ahora demasiados secos y vulgares, el mayor de los placeres, el mayor de los placeres lo siento cuando golpeo tu cara con mis manos y veo como tu sangre mancha mi cuerpo, ya desnudo y herido por el tiempo. Es un extraño placer que rara vez siento y curiosamente sólo lo siento cuando es tu cara la destinataria de mis golpes. Mi enemigo es el mayor de mis amigos. Gracias a él conozco placeres que parece que el hombre perdió por su afán de crecer y olvidar que fue y es animal. Mi mejor amigo es el enemigo que enfrente de mí está, porque no me mata -aun ninguno me ha matado, de no ser así no podría contar esto- y además dejándose matar hace que me sienta superior a lo que soy, incluso casi hasta inmortal: los demás mueren, yo aun no, y si aun no he muerto es porque soy, aunque sólo sea por unos segundos, mucho más inmortal que él, que ellos. Pero ya sólo quedamos tú y yo, esta puede que sea la última oportunidad, y necesito de ti tanto como tú de mí. Quiero probar la bala atravesando mi cuerpo. Sentir como se me llena la boca de sangre y como el frío del proyectil me hace degustar el calor de mi cuerpo. Escuchar como el corazón se para con un último latido que escupe muerte. Supongo que tras tantos días de indiferencia y miedos, ya habrás decidido la forma en que vas a acabar conmigo y supongo que esa forma será el cuchillo, porque así al matarme sentirás como mi cuerpo, abrazado al tuyo, pierde hasta el último halo de vida. También me parece buena muerte. Abrazado a mí asesino, sintiendo como mis manos palpan a mi ejecutor, mientras la sangre resbala por mi cuerpo hasta llegar al suelo, como cuando yo mataba. Notar ese sabor amargo de una sangre que será la última que se estancará en mi boca. Cerrar los ojos, y en un golpe pasar del rojo al negro, y desde ahí hasta donde la muerte quiera llevarme.
38. Estoy escribiendo un libro en secreto. No quiero que se entere él. Cuando digo él no me refiero a nadie a quien pueda estar plagiando otra vez, me refiero al libro. Es que es un libro muy suyo y puede cabreárseme. Cuando se cabrea conmigo es como cuando un niño amenaza que no va respirar más y a todos nos parece una tontería pero la madre se cabrea mucho y en el fondo tiene mucho miedo. Pues lo mismo me pasa a mí, él se pone en blanco, y a mí me asusta mucho. No sabría explicarte como es. Lo cierto es que tiene un argumento variado, que en humano sería como tener personalidad múltiple, y los personajes, entre que no quieren trabajar con el libro porque dicen que es muy engreído y que me cuesta mucho importarlos desde la realidad – tal y como está el mundo, cualquiera deja un trabajo fijo para meterse en viajes y en cosas bohemias, snob, culturales...-, empiezan a ser demasiado extraños y repetitivos. Pero en el fondo nos llevamos muy bien. Hemos quedado, el libro y yo, en que podemos definirlo como de 'identidad literaria confusa'.
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