Selma encendió un cigarrillo y Patty le dijo que estaba a dieta pero que lo probaría  a ver si era verdad. Las dos chicas colgaron el abrigo y se fueron a sentar cerca de la chimenea.

Se miraron durando unos segundos, en silencio, como tratándose de reconocer, de reconocer en la otra todos los recuerdo de haber pasado los mejores años de su vida juntas, en el mismo barrio, en el mismo colegio, en el mismo instituto. Se habían dejado muñecas antes de empezar a dejarse vestidos, habían salido con primos o hermanos de la otra, una vez hasta se habían intercambiado un novio. Al final Selma había sido expulsada tres semanas de la facultad cuando quemó en la biblioteca unos libros, más por amor que por una causa que ya no recordaba, y ya no volvería a ella. Un mes antes Patty había conocido a un chico por el que también dejaría la carrera y por el que se pondría a trabajar para pagar las facturas mientras él terminaba medicina. Al final él la dejó en cuanto tuvo el título en la mano.

-Imposible -sonreía Selma- porque yo estaba probándome unos vaqueros cuando pasó- Estaba tirada sobre un sillón, sin zapatos pero con calcetines, apoyando los pies sobre una mesita, mientras los movía de arriba a abajo (se le veían unas piernas blancas y bonitas entre el vestido y los calcetines)

-Entonces quién estaba conmigo -Mientras bebía un sorbo de la copa que Selma le había puesto y mientras hacia con la mano el gesto de pedir un cigarrillo

-Era Marge -Selma bostezo y buscó sobre la mesilla el tabaco- No te acuerdas que siempre salía con nosotras y venia con el chico aquel... sí, aquel tan flacucho y con esas enormes cejas negras...

-¡Martín! -Y estalló en carcajadas

-Eran tal para cual, no quiero imaginar como serán sus hijos

- Pobrecillos, que mala eres

-¿Mala, yo mala? Y la vez que dejaste al chico ese bajo la nieve esperándote toda la noche

Y ambas rieron mientras Selma se levantaba a servirse otra copa y Patty buscaba un cenicero

-Lo único bueno que recuerdo de aquel año fue cuando Seymour me llevaba a aquellas ridículas fiestas. No sé por qué íbamos… bueno, porque estaba enamorado de él... creo.

Selma se levantaba para apoyar la copa en una mesa que le quedaba demasiado lejos y le pregunta

                 -¿Y esos pendientes?

-¿No te acuerdas de estos pendientes? Pero si son los que me regaló mi tía Peet, los que te dejaba cuando te ponías ese vestido rojo pasión.-dijo Patty poniendo especial énfasis en el pasión.

-Dios mío -Dijo Selma mientras atravesaba el umbral de la puerta en dirección a la cubitera de la cocina -Ya no tengo vestidos rojos, todos son negros. Cada vez que voy a comprar con la hermana de Seymour vuelvo a casa con media docena de vestidos negros.

Patty se levantó y se acercó a la cocina, un poco para oír mejor lo que decía Selma, otro por no sentirse tan sola en la habitación. Le dio el vaso a Selma y esta puso unos hielos

-Y qué es de la hermana de Seymour

-Nada, de la hermana de Seymour nunca es nada, salvo sus ‘achaques’ y sus gatos. Cada vez es más la típica pasiva-agresiva. Al final terminará viniendo a vivir aquí

Patty se había quedado con la vista perdida a través de la ventana de la cocina, fuera parecía que algún rayo de sol conseguía imponerse a las negras nubes. De pie, medio apoyada, medio sentada, sobre el respaldo de una silla solo pudo decir

-Bueno

Selma termina de llenar los vasos con soda, hasta arriba, y se queda también mirando a través de la ventana. Ve llegar el coche de la vecina, pero su mirada permanece perdida un rato más.

Pasaron un par de segundos y una de las dos soltó un suspiro muy bajo, casi inaudible. Pasaron otro par de segundos en silencio mirando a través de la ventana y Patty decidió cortar ese ambiente bucólico que parecía apoderarse de ellas.

-Siempre está en casa a estas horas, pero no te creas que es por una cuestión de horarios en el trabajo, no trabaja, cobra una pensión de viudedad, lo hace solo para poder ver el programa de O’Callahan. Llega, se quita los zapatos, se sienta y a enterarse de los cotilleos... esa es la mayor y única pasión de su vida. Esa y la de joder a los vecinos y cotillearlo, o al menos intentarlo.- Estira la mano y entrecierra la cortina de la ventana más amplia del salón

                 A la vez que la escuchaba, Patty se había acercado a unas cajas que había en el descansillo entre el salón y la cocina, al pie de una pequeña librería. En ella estaban los libros que parecían iban a ser colocados o habían sido quitados de ella. Selma se levanta de la mesa sobre la que se había apoyada y antes de dirigirse al salón, vaso en mano, se limpia unas migas de pan de la parte de atrás del pantalón, restos de cuando se había apoyado en la mesa aun en parte por limpiar.

Mientras Patty le daba un pequeño sorbo a su vaso Selma se tiraba sobre una de los sillones del salón.

-El otro día estuvo dos horas mirando por la ventana, sin tratar de disimular ni nada y como no pudo saber qué era el mueble que me habían traído, vino a pedirme sal, se metió hasta la cocina con su palabrería y sus tonterías y cuando vio el mueble soltó un ¡Ah! que ni siquiera disimuló y se marcho deprisa y corriendo con la excusa de que tenía algo al fuego.

-Y qué era esa librería -Dijo mientras miraba el reloj

-He decidido poner en ella mis libros, ya no me caben con los de Seymour desde que empezó a llenar la casa de manuales y fotocopias y cosas del trabajo

Otra vez un rato de silencio,  interrumpido de nuevo por Patty

                 -¿Te acuerdas mucho de J.D.?

                 -Sí, mucho

                 Selma se levanta y se dirige al tocadiscos, busca entre viejos vinilos y pone uno viejo de jazz, con mucho piano y una profunda voz de fondo.

                 -A veces me siento como si J. no hubiese estado nunca en Connecticut

                 -¿Sabe alguien lo del….? -y le hace un gesto a Patty, un gesto difícil de interpreta, como si escribiera en un papel

                 -¿Para qué? Ya ¿qué importa?

                 -Últimamente me da la impresión de que todo el mundo quiere irse a alguna parte, pero nadie encuentra la compañía ni el lugar

                 -No todo el mundo…

                 Se hace el silencio mientras cada una mira a algún vacío diferente, hasta que Patty lo rompe

-Me convirtió en cuento, y ahora ya no soporto la vida, no soporto no ser tan perfecta como J.D. me escribió, no soporto que pase el tiempo, no soporto no poder vivir siempre en la estática foto de J.D. y que todo pase tan deprisa y que todo vaya a peor y que no sepa ya nada de J.D. y…

Patty empieza a llorar, mientras Selma le abraza. La casa de Patty está tan a las afueras de la ciudad que Selma no puede evitar pensar, por un segundo, como volverá.

 

 

 

 

           Ganar las guerras o perderlas es una mera noción de práctica y mentalización

           El Barrio Nuevo fue construido circularmente. En el centro una gran plaza que con el tiempo se habitó de burdeles y estos de rubias, la mayor parte inmigrantes, en buscas del mito de la eterna juventud que la vieja mercadotecnia envolvía cada día más en sexualidad. Sus padres creyeron que fueron ellos quienes ganaron la guerra, se mentalizaron de ello y cada día que pasaba más seguros estaban de que una mala educación era cualquier educación, a no ser que estuviera basada en un moralismo de ‘diseño’, aun sin saber siquiera que era de diseñó, y creyendo que era imprescindible por cómo y con qué fuerza reverdecía por todas partes

           ‘Una vida parca en recursos estilísticos’ dijo el gran modista John Fontaine refiriéndose al currito de clase medio. Y durante semanas el ‘recurso estilístico’ fue el tema de conversación entre las tres y las nueve –de lunes a domingo- en todos los media

           El asunto más que paradójico era simplemente cómico. El placer pasó de ser el motor principal a ser el argumento en exclusiva de la obra. La muerte ya no era muerte si el placer la justificaba.

            El mundo (psicoanalizado, socialmente mutilado en sus perfectas medidas, científicamente medido solo en valores ‘útiles’) solo tenía sentido para ser gozado; en un mundo hecho para consumir y gozar es factible pensar que los beneficios de esta sociedad sólo pueden ser disfrutados por los más jóvenes, y todos eran jóvenes. Los jubilados se escapaban de sus tristes ciudades para poder comportarse como adolescentes en las terrazas playeras; la mediana edad invertía su tiempo libre en demostrar que era más joven de lo que era, en demostrarse que aun podía follar como cuando eran otros, aunque fuera pagando; la juventud se alargaba casi hasta la mitad de la vida… todo sustentado por una ciudadanía medía ‘parca en recursos estilísticos’, cuyo escape eran esos treinta días entre 365 o esos diez años entre ochenta en los que creerse lo que no eran. El asunto era más bien cómico, gente sin belleza en su juventud, ni ambición después de ella, sin tampoco riqueza en ningún momento, defendiendo a capa y espada –como solo un advenedizo puede defender unos ideales- los indudables valores de juventud, belleza y dinero, sexo, placeres y ambiciones

           Todo empezó antes, con el vacío dejado por la muerte –suicidio- de unos dioses cobardes, pero fue al final de la segunda guerra cuando tomó cuerpo; su evolución fue tan rápida que al principio del nuevo siglo la Plaza de los Cristales, la plaza principal del Barrio Nuevo, ya era comparada con el Louvre: ‘El Louvre del placer al alcance de cualquiera’ decía una macro campaña publicitaria sufragada en parte por Coca-Cola, interesada en seguir explotando la relación directa entre Placer-Coca-Cola que habitaba en el inconsciente colectivo. Pero, ¿desde cuándo el placer había dejado de estar al alcance de cualquiera? y lo más difícil de entender ¿por qué el Louvre era la medida de la excelencia?

           Nada es gratis. Todo es un intercambio, de un tipo u otro, porque somos seres humanos y, o contamos y recontamos lo que somos o dejamos de ser.

           Al final nadie sacaba beneficio alguno del sexo, más allá del placer directamente físico (que por otro lado cada vez necesitaba de mayores márgenes para llegar a niveles anteriores, hasta el punto que la muerte se justificaba si era en pro de alcanzar placer)

           Tajada tras tajada todo se iba en intermediarios.

           Todo

           Pero la historia termina con un final feliz… porque termina

 

 

 

 

           -Hay amor hasta en el infierno –Decía  Takashi Watari sentado sobre un banco de hormigón de la plaza del Tres de Mayo.

           -Cuéntanos otra vez la historia de cómo al final consigues lo que se quiere aun por los caminos más inesperados… cuéntasela a Mar que no la ha escuchado como tu la cuentas, cuéntasela a Mar –dice Jazz

           -Creo que algunos occidentales lo llamaron patafísica. No entiendo las necesidades de pintarlo todo de ciencia.

           -¡Sí, y di eso que dices, eso, con voz profunda, eso de ‘mientras haya un mendigo habrá mito’!

           -No es una gran historia. Es el cuento del Sennin, nada más

           -Pero cuéntala, cuéntala –Dice mientras le da un trago al cartón.

           -Aterricé en Buenos Aires en 1991, quería ser futbolista, ya lo era, la verdad, quería ser mejor futbolista

           -En Japón todos queréis ser futbolistas o flamencos –Dice, mientras le da un trago al cartón

           -En Japón todos queremos ser otros, pero tenemos miedo hasta de ser nosotros mismos y hacemos de nuestras habitaciones nuestros castillos. Hikikomoris que buscan el camino más corto para ser Sennin –Y le da el primer trago

           -Entre viajes, malentendidos y mis propios sueños terminé merodeando, haciendo de traductor del nuevo fichaje, al nuevo jugador venido del japonesa, tratando de ayudar en los entrenamientos, poniéndome en la portería o en el banquillo cuando les faltaba alguno, llevando y trayendo agua y toallas, esperando que la ‘Vieja Zorra’ me desvelara los secretos de cómo ser Sennin. Fui de posada en posada, de Club en Club, haciendo de traductor, buscando los secretos de ‘la juventud eterna y la inmortalidad’, de ser futbolista, de ser Sennin, de Boca a Nuevo Chicago, de este a San Lorenzo. Hasta que pasaron los veinte años, me subí al árbol, como dijo la ‘Vieja Zorra’, solté mis manos y no caí… pero tampoco volé, me quede inmóvil, en el Cristal, en el banquillo del Cristal…

           Mar mira la cara de Watari, siempre sonríe, su acento argentino le resulta divertido

           -¿Y luego? –Pregunta Mar

           -Luego nada

           -¿Y ahora?

           -Pensé en ser torero, y estoy siguiendo el camino largo, empiezo por ser mendigo, porque mientras haya mendigos habrá mitos…

                 -Pero ¿si ya eres Sennin, si ya puedes ser vagabundo sin tener remordimientos por ello…!

                 -No se porque lo hago, la verdad

                 -Cuéntale a Mar eso de cómo los historiadores irrogan vidas ajenas mientras aliñan las pequeñas obras de sus egos –dice Jazz tirando al suelo el cigarrillo de su boca

           Watari sonríe

           -El problema de los historiadores es que irrogan vidas ajenas mientras aliñan sus pequeños egos transmutados en sus obras. Yo mismo puedo ser ejemplo. Hacen que ya nadie se crea la realidad, algunos llegan a creer que ni siquiera hay una realidad de verdad… ¿acaso si me pincháis no sangro?, ¿acaso no río y padezco?, acaso ¿no bebo vino y como pan, como todo el mundo?

 

 

 

 

           -Idiota, cabrito – insultos un poco infantiles.

           La historia al principio no estaba clara, no se sabe si ella corre detrás de él o es él el que corre detrás de ella

           La cosa es que los dos se paran y zas, puñetazo en plena cara.

           Pero ella no se amilana y aun sangrando considerablemente por la nariz, le suelta una inesperada patada que golpea con fuerza el testículo derecho de él. Él se queda de cuclillas mientras la insulta y la escupe

           -Hija de la grandísima puta.

           Y las palabras se quedan como suspendida en la calle medio vacía

           Uno puede llegar a pensar que de una herida, lo que más importa es la cicatriz, pero Lacan era un fantoche (yo creo que lo sabía y jugaba con ello)

           Ella no sabe si escapar, quizá por miedo a darle la espalda. Él parece que se recupera un poco y con dolor se levanta. Entonces ella grita y trata de escapar, pero antes de dar el primer paso, él la coge del pelo y la tira contra el suelo. Ella grita esperando inútilmente que alguien le ayude o que él se asuste de la posible llegada de la policía, pero nada de esto le sirve y él comienza a darle patadas.

           -Para, para… socorro, socorro!! ¡¡ayuda, ayuda... ay, ay!!

           Una de las patadas impacta de pleno en la boca de ella y un diente salta por los aires.

           Creo que en alguna ocasión Popper dijo que él había saltado por los aires la hasta entonces simplista filosofía de la ciencia. Siempre pensé que en las enciclopedias, al lado de la palabra onanismo, deberían poner una foto suya.

           Ella entre gritos y lloros consigue meter la mano en uno de los bolsillos y saca un spray de defensa personal y malamente apunta hacía él y dispara. No acierta en pleno pero consigue alejarlo y que deje de golpear su cuerpo amoratado. La sangre no deja de caer por la boca de Ella; se levanta como puede. Él vuelve a gritarla

           -Hija de puta, te mato, te voy a matar – Con una mano lanza puñetazos que no aciertan más que al vacío mientras con la otra se tapa los ojos

           Viendo como se encuentra, ella decide a aprovechar el momento y coge un adoquín de una de las eternas obras de mejora de las calles y se lo lanza apuntando a la cabeza. Falla, pero eso le da a él una idea más precisa de donde ha de lanzar sus puñetazos. Ella decide no dejarlo ahí, coge otro adoquín, le descarga otra ráfaga de gas, esta vez apuntando en pleno centro de la cara.

                 ‘En gran medida, la especie humana no ha mejorado moralmente con la sociedad masificada; le queda pendiente el grave problema de la violencia’ leo en un blog dedicado a comentar la obra de Houellebecq. Anoté la frase porque no lo podía creer ¿puede haber alguien tan estúpido como para llegar a crear que cualquier sociedad pueda prescindir de la violencia? ¿y lo de esconderse tras el ‘moralmente’? Pobres personas que solo llegan a ver la violencia manufacturada para su consumo, precisamente la que critican con grandes aspavientos pero la única que conocen. Su deformación profesional les impide ver la violencia real

           Mientras él huye tambaleándose, ella se acerca por detrás y le golpea en la cabeza con un adoquín. Él cae al suelo, la brecha en la cabeza es enorme y la sangre brota a borbotones. Lo primero que hace nada más caer es hacer un barrido con el pie derecho, tiene suerte y la zancadilla hace que ella caiga de bruces, el golpe en la frente es tremendo. La sangre parece más negra que roja

           La emoción ha sido tal que no podemos sino levantarnos y aplaudir

           -¡Bravo! ¡Bravísimo!

           En unos minutos llega la policía. La ambulancia tarda unos quince minutos más. El travelo grita y sobreactúa ahora que sabe con seguridad que tiene público, en el fondo solo está tonteando un poco, es algo que no puede dejar de hacer nunca. El chulo grita y amenaza, no puede permitirse que piensen que ha sido demasiado blando o que su putita, ‘la Marilin’, le ha metido una buena paliza

¿Toda cuestión tiene dos puntos de vista, el equivocado y el nuestro? Y una mierda de filosofía new-age. Y si quieres salimos a la calle a discutirlo a hostias

 

 

 

 

           Juárez recorre melancólico las calles de Ehnok.  

           Espera en la parada de autobús de la esquina entre la calle Coincidencia con Fernándes. Anoche tampoco pudo dormir. Dejó las pastillas hace dos meses porque quería pasar los tres últimos meses de su vida sin ese continuo dolor de cabeza y ese cansancio profundo. Pero ahora tampoco puede dormir, así que sigue cansado, aunque es otro cansancio. Además un mayo lluvioso hace que también le siga doliendo la cabeza, pero también esta es otra migraña distinta.

           Mientras espera ve a su anónima amada en la cafetería de enfrente, atareada con los desayunos.

           Juárez quiso ser poeta, pero no encontró lectores, así que mientras su poesía fermentaba en  cajones, perdió la ilusión y decidió ser carpintero. Trabajó de carpintero hasta que un estúpido accidente se le llevó un par de dedos. Se dijo, ‘aun soy joven, aun puedo empezar de nuevo’, y decidió ser un buen padre de familia. Tuvo la suerte de encontrar a una mujer que le quisiera, tuvieron gemelos, un niño y una niña para ser exactos. A estas alturas ya supondrás que la mujer le abandonó, llevándose a los niños, el poco dinero que tenían ahorrado y casi sus últimas ilusiones.

           ‘Todo el mundo es un poco gafe, todo el mundo tiene algún muerto en su armario’ se dijo, convencido de que antes de nada tenía que demostrarse que los demás eran como él, y todos tenían mala suerte, solo que él era más sensible y le afectaba más y paraba su vida un rato en cada tristeza.

           Todo el mundo tiene algún muerto en su armario y él espera ser el cadáver de su propio armario. Juárez había tomado la decisión de suicidarse pero antes iba a dedicar tres meses a hacer un inventario de malas suertes ajenas. En el fondo solo era una forma de hacer algo con el tiempo antes de la fecha señalada, la fecha en que se cumplían cincuenta años de su nacimiento, porque las conclusiones de su estudio no tenían ninguna utilidad, y porque esa fecha le valía, como otra cualquiera. Si demostraba que todo el mundo tiene mala suerte habría demostrado que entonces lo que pasaba es que él estaba incapacitado para vivir por su excesiva sensiblería y melancolía; si demostraba que no era así y él era un desafortunado superior a los demás, no cree que podría luchar contra ello.

           El estudio empieza cada día por la mañana en esta parada de autobús, le gusta ver como se llena la cafetería y como la mujer de ojos tristes se pelea con unas tazas demasiado llenas de café

           Pero terminaré la historia deprisa, antes de que llegue el autobús.

           Juárez sigue recorriendo melancólico las calles de Ehnok. Y resulta que llega el día señalado y en el lugar señalado, la esquina de Coincidencia con Fernándes, Juárez decide pegarse un tiro. Pero ¡clack!, se encasquilla el arma. Juarez se pone a llorar como un niño, después le entra una risa contagiosa, tira el arma al suelo y mientras se seca las lágrimas se dirige a la cafetería de enfrente

           La historia tiene un final feliz. Mientras cruza, ¡zas!... Bueno, ya lo esperabas ¿no?

           Que paradójica coincidencia que la camarera solo se percatara de la presencia de Juarez el día de su muerte ¿verdad? Dijo a la policía que vio claramente como Juárez le sonreía mientras cruzaba.

           Bueno, por algo esta es la calle Fernándes, ¿no?

 

 

 

 

-Kafka creo que dijo una vez que ‘en tu lucha contra el resto del mundo te aconsejo que te pongas del lado del resto del mundo’ así que supongo que en el fondo de si él también estaba del lado de su padre –Comenta Darrel de un modo un poco indiferente

Entonces se produce un silencio extraño, todos los comensales callan a la vez, cada uno pensando en las diferentes conversaciones que han tenido hasta ahora, en sus particulares agobios o en sus singulares pequeñas ideas que sacar adelante.

Se trata de la cena anual que el director de la Academia de las Buenas Letras da a principios de Octubre para conmemorar la nueva temporada. En ella, el director de la Academia está sentado en medio y alrededor suyo un par de políticos, un par de altos cargos de la Academia y siete u ocho escritores, entre ellos Ryan, por primera vez invitado, poeta de larga estirpe literaria y cuyo tío-abuelo era ni más ni menos que el único Nóbel de literatura nacido en Ehnok, Juan Luís Patrick. La cena transcurre del modo habitual en que transcurren estas cenas. Ryan achaca a los nervios ese sentimiento de déjà-vu que le inunda. En un momento, después del primer plato y mientras aun no han servido el segundo, se excusa para ir al baño y escucha decir al presidente de la Academia ‘en verdad os digo que uno de vosotros me entregará’ pero no le da importancia y piensa que es un chiste, siquiera una pequeña maldad, salvo porque nadie ríe.

Al volver la situación continúa igual. Ryan trata de ser cortes con todo el mundo, está de acuerdo con todo el que le habla pero sin ser demasiado condescendiente, escucha durante bastante tiempo antes de comentar nada y descubre extrañado como de vez en cuando el presidente de la Academia suelta una frase demasiado apocalíptica, en su humilde opinión, y todos hacen silencio y la refrendan. Hasta que llega un momento en que la cena comienza a ponerse más teatral y grandilocuente de lo normal, más de lo que supone una cena de estas características, y Ryan poco a poco lo va descubriendo: se trata de la Última Cena. Mira la disposición de la mesa, cuenta los comensales, recuerda algunas de las extrañas frases escuchadas. ¡Cómo no pudo darse cuenta antes!

 Lo primero que piensa es que se trata de una broma, de una especie de broma aceptada por todos, que se repite anualmente y de la que no ha sido precavido. A lo mejor cada año hacen una representación diferente a modo de homenaje literario, a lo mejor la gracia está en que nadie lo sabe de antemano y lo realmente divertido de la cena consiste en adivinarlo con la mayor rapidez posible. Así que cuando el presidente de la Academia de las Buenas Letras dice

-Yo soy la vid verdadera y mi padre el viñador

Ryan suelta una sutilísima risa y pone cara de complicidad mientras mira al resto de comensales. Pero la cara de desaprobación de todos ellos le hace comprender el error.

Lo siguiente que piensa es obvio, se trata de una representación pero más bien en su sentido religioso, como la iglesia representa la Última Cena todos los ahí presente la representan, seguramente se trate de algún tipo de secta y él ha sido invitado

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